Hay detalles que terminan marcando una temporada y el partido entre Girona y Barcelona es uno de ellos. En el caso del Girona, uno de ellos se repite con demasiada frecuencia: los minutos finales. El equipo de Míchel ha demostrado personalidad para competir de tú a tú ante cualquiera, capacidad para adelantarse en el marcador y fases de buen fútbol, pero cuando el reloj entra en zona roja aparecen las dudas.
El último aviso llegó en el Sánchez-Pizjuán, donde tras ponerse por delante y controlar gran parte del encuentro, el conjunto ‘blanc-i-vermell’ vio cómo el Sevilla empataba en el descuento. No fue un episodio aislado. El balance del curso refleja un patrón preocupante: el Girona apenas ha sumado un punto en el tiempo añadido el empate agónico ante el Getafe y, en cambio, ha dejado escapar demasiados en ese tramo.
Ante el Celta volaron dos puntos por un penalti en el descuento. Frente al Oviedo, el tanto de Carmo en el añadido dejó al equipo sin premio. En Sevilla, Kike Salas volvió a castigar en los últimos instantes. Y en Montjuïc, en la primera vuelta ante el Barça, Araujo empató cuando el partido agonizaba. Cuatro golpes casi consecutivos en el momento más delicado de los partidos.
Si el Girona hubiera gestionado mejor esos minutos finales, hoy tendría seis puntos más. Estaría instalado en la octava posición y a solo un paso de los puestos europeos. No es un matiz estadístico: es una diferencia que cambia objetivos, ambición y perspectiva.
Una prueba de fuego ante el FC Barcelona
El reto ahora es mayúsculo: visitar al FC Barcelona. Más allá del planteamiento táctico o del acierto en las áreas, el equipo de Míchel necesita dar un paso adelante en madurez competitiva. Saber cerrar partidos, manejar emociones y evitar desconexiones cuando el rival aprieta sin red.
El Barça, dirigido por Hansi Flick, atraviesa un momento de crecimiento competitivo. El técnico alemán ha dotado al equipo de mayor verticalidad y presión tras pérdida, con una apuesta clara por el ritmo alto y la agresividad en campo contrario. En casa, el conjunto azulgrana suele imponer posesiones largas y someter desde la circulación rápida y la amplitud por bandas.
En ataque, el desequilibrio de jugadores como Raphinha y la movilidad de Robert Lewandowski marcan diferencias en el último tercio, mientras que en defensa el equipo ha mostrado mayor solidez respecto al inicio de curso, aunque todavía concede espacios cuando el rival supera la primera línea de presión, como vimos en el reciente 4-0 del Atlético de Madrid.
El precedente de Montjuïc, con aquel empate postrero de Ronald Araujo, está muy presente en la memoria del Girona. Fue otro ejemplo de cómo un detalle en el descuento puede alterar por completo la narrativa de un partido.
Por eso, ante el Barcelona, la consigna es clara: competir hasta el último segundo. Porque en una Liga tan ajustada, los detalles no solo cuentan. Deciden. Y el Girona ya ha pagado demasiado caro el tiempo añadido.






