La derrota del Real Madrid ante el Benfica no es un accidente ni una mala noche. Es la confirmación de que este equipo sigue sin jugar a nada, ahora con Arbeloa y antes con Xabi Alonso. Falta fútbol, falta orden y, sobre todo, falta actitud.
El Real Madrid es un equipo frágil atrás, partido en dos y sin control en el centro del campo. No hay un creador que conecte defensa y ataque, no hay pausa ni criterio. Todo se reduce a acciones individuales y a esperar que Mbappé haga algo diferente. Y cuando eso no pasa, el equipo se diluye. Quitando al francés y a Courtois, nadie estuvo al nivel.
El supuesto cambio tras las victorias ante Villarreal, Mónaco y Levante fue un espejismo. Mourinho devolvió al Madrid a la realidad: la misma falta de identidad, los mismos problemas y la misma sensación de equipo perdido. Y eso ya no es una cuestión de entrenador.
Arbeloa tiene miedo de tocar a ciertos nombres. Bellingham, Mbappé y Vinicius son intocables, jueguen bien o mal. Y ayer se vio claro. No quitar a Bellingham, que firmó un partido muy flojo, fue un error. De ahí nace el enfado de Arda Güler, un síntoma más de un vestuario tenso y mal gestionado.
El técnico asumió la culpa en rueda de prensa, pero es un error. Lleva demasiado poco tiempo como para cargar con esta situación. La responsabilidad es de los jugadores, de su actitud, de su falta de compromiso y de su incapacidad para sostener el nivel que exige este club.
El ambiente empieza a ser tóxico: enfados por los cambios, poca implicación, nadie corre ni defiende. Y cuando eso pasa en el Real Madrid, da igual quién esté en el banquillo. Si los jugadores no responden, todo sigue igual.






