La final de Copa no debería ser un lujo

Dicen que una final de Copa del Rey es la fiesta del fútbol español. El evento en el que una afición toca el cielo, el día que todo seguidor sueña vivir en directo. Pero, una vez más, lo que se vende como fiesta se parece demasiado a un negocio de lujo montado sobre la ilusión de miles de aficionados.

No, el problema no es solo el precio de la entrada. La cuestión es convertir una final de Copa en un lujo. Es obligar a un aficionado de toda la vida a hacer cuentas imposibles para estar al lado de su equipo en uno de los partidos más importantes del año.

Mientras tanto, se habla de impacto económico, de la grandeza de la ciudad anfitriona y de la magia del evento. Pero se olvida lo esencial: sin aficionados no hay final de Copa que valga. Y, sin embargo, son precisamente esos aficionados los que vuelven a pagar la factura más alta.

Ahí está la gran hipocresía. Se llena la boca hablando de pasión, de sentimiento y de conexión con la grada. Sin embargo, cuando llega el momento de cuidar al aficionado, todo se reduce al negocio y al lujo. Se le quiere para las imágenes, para el ambiente y para decorar la televisión, pero no para facilitarle el acceso.

Este es el fútbol que luego presume de sus finales, de sus tradiciones y de su conexión con la grada. El que convierte una final de Copa en un lujo y expulsa poco a poco a su base social de los escenarios más importantes. Ver a tu equipo en una final no debería costar lo mismo que unas vacaciones.

Al final, lo que queda es una pregunta incómoda: ¿de qué sirve llamar “fiesta del fútbol” a una final si buena parte del fútbol no puede permitirse vivirla?

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