Los momentos más difíciles de Xabi Alonso en el banquillo del Real Madrid

De la apuesta por un nuevo modelo a la crisis interna: los episodios que marcaron la etapa más compleja del técnico tolosarra
Xabi Alonso Real Madrid / Via: X @realmadrid

Cuando el Real Madrid anunció la llegada de Xabi Alonso a su banquillo, la sensación general en el mundo del fútbol fue la de estar ante el inicio de una nueva era. No se trataba solo de un cambio de entrenador, sino de un verdadero cambio de paradigma. Florentino Pérez había decidido pasar página tras los ciclos exitosos y tranquilizadores de Carlo Ancelotti y Zinedine Zidane para apostar por un técnico joven, ambicioso y portador de una cultura distinta con más rigor, más método, más control.

Pero el Real Madrid no es un club como los demás. Es un ecosistema complejo, en el que conviven el poder mediático, los liderazgos informales, las jerarquías consolidadas y un peso simbólico que a menudo supera al de los propios resultados. En este contexto, el camino de Xabi se transformó rápidamente en una lucha cotidiana por la autoridad, incluso antes que por los puntos en la clasificación.

Su etapa no estuvo marcada únicamente por derrotas o eliminaciones, sino por algo más profundo y difícil de gestionar: una fractura progresiva con el vestuario, que terminó por minar la estabilidad de todo el proyecto deportivo.

Lo que debía ser una revolución silenciosa acabó convirtiéndose en una crisis de sistema, hecha de episodios, gestos, silencios y decisiones no tomadas. Y cada momento difícil vivido por Xabi Alonso en el Real Madrid no puede leerse como un hecho aislado, sino como parte de un proceso que, paso a paso, condujo a una ruptura final que terminó siendo inevitable.

Desde el punto de vista estrictamente deportivo, el inicio de la etapa de Xabi Alonso en el Real Madrid fue casi impecable. Trece victorias en los primeros catorce partidos oficiales representaban uno de los mejores arranques del club en los últimos años. El equipo ganaba, muchas veces sin brillar, pero con una solidez que no se veía desde hacía tiempo.

La sensación era la de un proyecto ya encaminado hacia el éxito. Por dentro, en cambio, la realidad era muy distinta. Alonso impuso un cambio radical en los hábitos cotidianos del equipo. Horarios estrictos, sesiones de entrenamiento más largas, cargas físicas superiores a las de temporadas anteriores y una reducción drástica de los espacios de libertad que, bajo la dirección de Ancelotti, habían marcado la vida diaria del grupo.

Al principio, el equipo aceptó el cambio sin hacer ruido. Pero bajo la superficie comenzaron a aparecer señales de incomodidad. El contraste era evidente, mientras el equipo acumulaba victorias, la conexión emocional entre el entrenador y el vestuario se iba debilitando día tras día.

La fractura entre Xabi Alonso y el vestuario del Real Madrid tiene un momento concreto, una fecha y una escena que todos, dentro y fuera del club, recuerdan con claridad. Ocurre a finales de octubre, en el Clásico de la primera vuelta contra el Barcelona en el Santiago Bernabéu.

En el minuto 72 del partido, Alonso decide sustituir a Vinicius Júnior. Una decisión técnica, ligada al rendimiento del brasileño y a la necesidad de reequilibrar al equipo en una fase delicada del encuentro. Cuando Vinicius ve su número en el panel luminoso, la reacción es inmediata. Se señala a sí mismo varias veces, mira hacia el banquillo y repite: «¿Yo? ¿Yo? ¿Yo?». Después llegan los gestos de enfado, las muecas, los aspavientos. Se dirige hacia la banda visiblemente contrariado, se cruza con Rodrygo y continúa protestando en voz alta. Las cámaras captan perfectamente una expresión que da la vuelta al mundo: «a tomar por culo».

No es solo una reacción de nerviosismo. Es un acto público de desafío. Mientras se acerca al banquillo, Vinicius sigue gesticulando, se queja abiertamente y luego, en lugar de sentarse junto a sus compañeros, toma el camino de los vestuarios. Solo regresa minutos después, pero antes deja otra frase que pesa como una losa: «Me voy del equipo, me voy del equipo».

Para Xabi Alonso es uno de los momentos más bajos de su etapa en el banquillo del Real Madrid. No tanto por la sustitución en sí, sino por lo que representa aquella escena, un jugador emblemático del club que cuestiona públicamente a su entrenador delante de más de 80.000 personas y de millones de espectadores.

El problema, sin embargo, no nace ese día. Aquella era ya la segunda vez en la temporada que Vinicius reaccionaba mal a una sustitución. Había ocurrido semanas antes, en la quinta jornada de Liga, en la victoria frente al Espanyol.

Tres días después del episodio del Bernabéu, Vinicius publica un mensaje de disculpas. Pide perdón a los aficionados, a sus compañeros, al club y al presidente. Pero en la lista falta un nombre: el de Xabi Alonso. Una ausencia que no pasa desapercibida ni para la dirección ni para el cuerpo técnico. Es la señal de que la relación entre entrenador y jugador no ha quedado realmente cerrada.

Tras el episodio del Clásico con Vinicius, el clima interno en el Real Madrid empieza a cambiar de forma progresiva. No se producen rupturas inmediatas ni posicionamientos públicos, pero comienzan a acumularse una serie de señales que apuntan a una relación cada vez más compleja entre Xabi Alonso y una parte del grupo.

Uno de los primeros casos es el de Federico Valverde. En varios partidos, por necesidades tácticas, el entrenador decide utilizarlo como lateral derecho. El uruguayo manifestó abiertamente que no se sentía cómodo en esa posición y explicando en público que prefiere jugar en el centro del campo. Poco después, en un partido de Champions League contra el Kairat Almaty, Valverde no parte como titular. Cuando desde el banquillo se le pide que salga a calentar, lo hace sin especial intensidad, con una actitud que no pasa desapercibida ni para el cuerpo técnico ni para sus compañeros.

No se trata de un episodio aislado, sino de una de las primeras señales de una comunicación cada vez menos fluida entre el entrenador y algunos de los líderes del vestuario.

Mientras tanto, surgen otras situaciones que contribuyen a dar la imagen de un grupo menos alineado. Durante un partido de Copa en Talavera, las cámaras captan a varios jugadores en el banquillo, entre ellos Vinicius y Endrick, sonriendo mientras el equipo atraviesa un momento complicado en el campo. Las imágenes se difunden rápidamente y se convierten en tema de debate en los medios deportivos.

En la rueda de prensa posterior, Xabi Alonso opta por una línea prudente: afirma no haber visto las imágenes y evita cualquier comentario que pueda convertir el episodio en un caso disciplinario. Es una decisión comunicativa que busca no añadir tensión en un contexto ya complejo, pero que desde fuera también se interpreta como la voluntad del entrenador de no exponer públicamente los problemas internos.

Endrick, Gonzalo García y Franco Mastantuono encuentran menos espacio del previsto a comienzo de temporada. En especial el caso de Endrick acapara atención mediática. El brasileño, llegado con grandes expectativas, tiene dificultades para encontrar un papel estable y va quedando progresivamente al margen de las rotaciones. La situación alimenta un clima de incertidumbre en torno a las decisiones técnicas del entrenador, sin que, no obstante, se produzcan posicionamientos oficiales.

Con el paso de las semanas, la percepción general es que la relación entre Xabi Alonso y el vestuario se ha vuelto más frágil. No se habla de rupturas evidentes, pero sí de una distancia creciente entre el técnico y algunos de los jugadores más representativos del grupo. Una distancia que se manifiesta sobre todo en los detalles: actitudes, gestos, reacciones ante sustituciones y decisiones tácticas.

Tras los primeros meses positivos, el rendimiento del Real Madrid bajo la dirección de Xabi Alonso entra en una fase de inestabilidad progresiva. No se trata de un desplome repentino, sino de una secuencia de partidos que, uno tras otro, ponen en cuestión el equilibrio del equipo y aumentan la presión alrededor del entrenador.

La derrota por 5-2 no es solo un mal resultado, sino un partido que deja secuelas por la forma en que se produce. Un equipo largo, frágil en los momentos clave, incapaz de reaccionar tras los goles encajados. Por primera vez desde el inicio de la temporada, aparece de manera pública el debate sobre la fortaleza emocional del grupo.

Pocas semanas después llega otra prueba exigente: Anfield, ante el Liverpool, en la Champions League. El Real Madrid pierde 1-0, pero la sensación que queda es la de un equipo al que le cuesta imponer su ritmo. No es una derrota traumática, pero contribuye a consolidar la idea de un Madrid menos dominante que en el pasado reciente.

En Liga, el Real Madrid no consigue ganar frente a Rayo Vallecano, Elche y Girona. Tres partidos distintos, tres contextos diferentes, pero con dificultades comunes para gestionar los momentos del encuentro, poca continuidad a lo largo de los noventa minutos y una sensación creciente de inseguridad.

A ello se suman dos derrotas duras en casa, frente al Celta de Vigo, y ante el Manchester City. Dos partidos que ponen en cuestión no solo los resultados, sino también la identidad del equipo. En ambas ocasiones, el Bernabéu reacciona con frialdad, entre silbidos y silencios elocuentes. No es una protesta abierta, pero sí la señal de que el entorno empieza a perder confianza en la dirección tomada.

El estado físico de varios jugadores, la frecuencia de las lesiones, la dificultad del equipo para mantener una intensidad alta durante todo el partido. Sin acusaciones explícitas, en el debate mediático comienza a instalarse la idea de que el Real Madrid llega a menudo a los encuentros más importantes sin la frescura necesaria para marcar diferencias.

A hacer todavía más delicado el contexto se suma la sensación de que, en las semanas complicadas, el grupo no logra reaccionar de manera compacta. No hay derrumbes espectaculares, pero tampoco señales claras de un equipo que se cierre en torno a su entrenador. Las prestaciones se vuelven intermitentes y el desarrollo de la temporada pierde continuidad.

Xabi Alonso intenta mantener una línea constante en sus declaraciones públicas. Tras cada derrota habla de análisis, de trabajo diario, de confianza en el proceso. Evita la polémica, no señala a nadie y insiste en la necesidad de mejorar de forma colectiva. Es una actitud coherente con su perfil, pero que no logra frenar la sensación de un proyecto que entra en una fase de desgaste. En este contexto, cada partido adquiere un peso mayor del que debería tener.

La final de la Supercopa de España frente al Barcelona representa el último paso de un recorrido que, en ese momento, ya había entrado en su fase decisiva. La derrota ante el principal rival no hace sino dejar aún más en evidencia una situación que se arrastraba desde tiempo atrás.

El momento más significativo no se produce durante los noventa minutos, sino justo después. En el pospartido, Xabi Alonso propone al equipo rendir homenaje al Barcelona con el tradicional pasillo de campeón. Es una costumbre institucional, no un gesto técnico, y precisamente por eso adquiere un valor especial. La propuesta, sin embargo, no prospera. Es Kylian Mbappé quien expresa primero su desacuerdo y el resto del grupo se alinea con su postura. El pasillo no se realiza.

El episodio, en sí, no conlleva sanciones ni posicionamientos oficiales. Pero se convierte de inmediato en un hecho relevante por lo que muestra de manera clara que el entrenador no consigue llevar al equipo por una misma línea ni siquiera en una decisión simbólica, que afecta más a la imagen del club que al partido recién disputado.

El caso Vinicius, las tensiones con Valverde, las imágenes desde el banquillo, la gestión de los jóvenes, las decisiones discutidas. Cada hecho por separado podía parecer manejable. Pero en su conjunto terminan construyendo un cuadro preciso. No el de un técnico en apuros tácticos, sino el de un entrenador que tiene dificultades para mantener una línea compartida con el vestuario.

Oficialmente se habla de una decisión consensuada y de agradecimientos por el trabajo realizado. En la práctica, el final del ciclo de Xabi Alonso en el Real Madrid aparece como la conclusión natural de un recorrido marcado por una distancia creciente entre el entrenador y el equipo.

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