El 30 de noviembre de 2025 no fue solo la vuelta de dos futbolistas: fue la reconstrucción emocional de un equipo. Militão y Rüdiger regresaron juntos al once inicial en el empate ante el Girona, devolviéndole al Real Madrid la posibilidad de estabilidad que no tenía desde hacía un año.
El último recuerdo juntos
La última vez que ambos compartieron el césped fue el 9 de julio de 2025, en la semifinal del Mundial de Clubes que quedó grabada por su dureza. El Real Madrid llegó a aquel encuentro con la ilusión de conquistar un título mundial, pero salió con la sensación de haber sufrido un golpe moral tremendo.
Rüdiger jugó los 90 minutos, cargando con el peso defensivo de un equipo irreconocible. A su lado, Militão reapareció tras ocho meses de ausencia. Entró para disputar los últimos 27 minutos, dejando dos avisos peligrosos, un cabezazo que rozó el poste y un disparo desde la frontal repelido por Donnarumma, que demostraron que, pese al larguísimo infierno físico, seguía siendo capaz de imponerse.
Sin embargo, nada pudo contener al PSG. Dos errores tempranos bastaron para que Fabián y Dembélé destrozaran al Madrid antes del minuto diez. Un tercer gol en la primera parte hundió aún más al equipo; y ya en el cierre, Gonçalo Ramos firmó el 4-0 definitivo.
Aquel partido fue el adiós de Luka Modrić y, de algún modo, también la despedida de un Madrid que se sabía roto. Fue la última vez que Militão y Rüdiger estuvieron juntos y, paradójicamente, una noche sin ninguna luz.
La última vez en Liga de la dupla Militão-Rüdiger
Si se retrocede a su última coincidencia en LaLiga, la historia es aún más cruel: Real Madrid – Osasuna 4-0, el 9 de noviembre de 2024. Una goleada brillante, con un Vinícius desatado firmando un hat-trick y un Bellingham imperial anotando tras un pase de 40 metros. Un día en el que todo parecía funcionar… hasta que dejó de hacerlo.
Rodrygo cayó lesionado primero. Después, en el minuto 27, llegó la imagen que heló el Bernabéu: Militão saltó, cayó mal, lanzó un grito y se llevó las manos a la rodilla. Los gestos de sus compañeros anunciaban lo peor.
El diagnóstico fue despiadado: rotura completa del ligamento cruzado anterior con afectación de los dos meniscos. La segunda en dos temporadas. Una tragedia deportiva que frenó en seco la carrera de uno de los mejores centrales del mundo y dejó a un Madrid completamente desnudo en defensa. Aquel 4-0, que debía ser un triunfo rotundo antes del parón internacional, acabó convirtiéndose en el inicio de un periodo de oscuridad que marcó todo el proyecto.
El calvario individual
Militão fue operado el 29 de noviembre 2024, pasó meses encerrado entre fisioterapia, dolor y un esfuerzo por recuperar movilidad. Los médicos lo advirtieron: la doble afectación meniscal haría el proceso más lento que su anterior cruzado.
Mientras tanto, en septiembre 2025, Rüdiger sufrió una lesión distinta, pero igualmente cruel: una rotura severa del recto anterior, el músculo que más interviene en el golpeo del balón. Lesionado en la pierna izquierda, se vio obligado a una rehabilitación meticulosa, sin poder chutar durante un mes y con la amenaza permanente de recaída. El Madrid estimó entre diez y doce semanas de baja, dieciséis partidos perdidos, y la imposibilidad de disputar el derbi y el Clásico.
El impacto de la noche de Montilivi
Por eso la noche de Montilivi tuvo un impacto que va mucho más allá del resultado. Ver a Militão y Rüdiger otra vez juntos. Otra vez al frente de la defensa. Otra vez con jerarquía significó reconstruir una estructura que llevaba demasiado tiempo rota. El Madrid venía de dos pinchazos consecutivos y había dejado escapar toda su ventaja sobre el Barcelona. Pero aquel once inicial no borró las dudas ni resolvió los problemas del equipo. Lo único que ofreció fue un punto de partida, un cimiento mínimo sobre el que volver a construir.
Militão llegó completamente recuperado tras el susto con la selección brasileña pocos días antes; Rüdiger regresó tras una lesión difícil de manejar, la típica que parece curada hasta que, sin avisar, traiciona. Y juntos no arreglaron el partido, pero devolvieron al Madrid algo imprescindible en un momento crítico: una presencia defensiva que llevaba meses desaparecida.






