Un lunes con resaca azulona: Bordalás desafía al ruido, el Getafe crece y Europa deja de ser un espejismo

El Getafe amanece este lunes con una sensación que hacía tiempo no se respiraba en el sur de Madrid: la resaca dulce de una victoria que dice mucho más de lo que parece. No es solo que el equipo ganara en Cornellà, ni que lo hiciera con personalidad, ni que volviera a demostrar que compite como un bloque de acero. Es que el Getafe transmite algo que no se compra ni se improvisa: convicción.

Y en el centro de todo, como siempre, aparece la figura de José Bordalás, el técnico que ha devuelto al equipo su identidad más reconocible y que este fin de semana volvió a ser protagonista, dentro y fuera del campo.

El Getafe de Bordalás no engaña a nadie. Es un equipo que sabe quién es, qué quiere y cómo conseguirlo. En Cornellà volvió a quedar claro: orden, intensidad, duelos ganados y eficacia en los momentos clave. No es casualidad, es método.

El técnico alicantino ha logrado que el equipo recupere esa versión incómoda, áspera y tremendamente competitiva que tantos elogios, y tantas críticas, ha generado en los últimos años. Pero, sobre todo, ha recuperado algo más importante: la fiabilidad. El Getafe compite cada fin de semana como si no existiera el mañana.

La victoria quedó parcialmente eclipsada por la expulsión de Bordalás en los minutos finales. El acta arbitral habla de una actitud inapropiada al abandonar su área técnica, pero el entrenador fue tajante tras el encuentro: “No he hecho absolutamente nada para ser expulsado. Ha sido injusto”, afirmó ante los micrófonos de DAZN.

El episodio, más allá de la anécdota, vuelve a situar al técnico en el centro del debate. Bordalás incomoda, molesta, genera ruido… pero también genera resultados. Y al final, en el fútbol, eso es lo que pesa.

La clasificación se ha convertido en una fotografía que invita a detenerse un segundo. El Getafe suma ya 38 puntos, se asienta en la zona noble y, sin hacer ruido, se ha colocado a un paso de los puestos europeos. No es casualidad ni un golpe de suerte: es la consecuencia de un equipo que ha recuperado su esencia.

Este lunes, mientras los aficionados comentan el partido en el trabajo, en el metro o en el bar de siempre, la sensación es compartida: este Getafe engancha. Engancha porque compite. Engancha porque cree. Engancha porque vuelve a ser reconocible.

Durante meses, hablar de Europa sonaba a exceso, a ilusión desmedida. Hoy, sin embargo, la conversación ha cambiado. El equipo está ahí, a un paso, respirándole en la nuca a los que pelean por entrar en la zona noble. Y lo hace con argumentos, no con humo.

El Coliseum lo sabe. La afición también. Y el vestuario, aunque prudente, empieza a mirar la tabla con una sonrisa contenida.

El Getafe ha demostrado que no se rinde, que no se achica, que no se esconde. Ha demostrado que puede competir con cualquiera y que su techo, a día de hoy, no está escrito. Así que, en este lunes de resaca feliz, la pregunta flota en el aire, inevitable, casi necesaria:

¿Por qué no soñar más alto? Si el equipo está a un paso de Europa, si Bordalás sigue marcando el camino y si el Coliseum vuelve a latir… quizá este año el sueño no sea una locura. Quizá, simplemente, sea el siguiente paso.

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