El Getafe parece haber encontrado de nuevo el camino. Después de varias semanas de dudas, sensaciones preocupantes y una identidad que parecía haberse diluido, el conjunto de José Bordalás ha firmado dos victorias consecutivas que pueden marcar un antes y un después en la temporada. Primero fue la sufrida remontada ante la Lebrijana en Copa del Rey (2-3) y, posteriormente, un triunfo de mucho más peso ante el Sevilla (3-1) en el Coliseum. Dos partidos diferentes, pero con un denominador común: el Getafe volvió a reconocerse a sí mismo.
No se trata únicamente de sumar seis puntos ni de avanzar en una competición. Se trata de recuperar algo que había convertido al equipo azulón en un rival incómodo para cualquiera: carácter, competitividad, intensidad y esa capacidad de no dar un partido por perdido. El Getafe necesitaba una reacción y, en apenas unos días, ha encontrado motivos para creer. La pregunta ahora es inevitable: ¿estamos ante el punto de inflexión que necesitaba el equipo?
Una remontada en Lebrija que pudo cambiar el rumbo
La visita a la Lebrijana dejó muchas más dudas de las que cabría esperar de un encuentro ante un rival de inferior categoría. El conjunto azulón llegó a verse dos goles por debajo en el marcador después de los tantos de Pepe Tejero y Yuyo Romero. Un escenario que volvía a alimentar las preocupaciones alrededor de un equipo que no terminaba de transmitir seguridad.
Sin embargo, cuando peor pintaban las cosas, apareció una de las señas de identidad que siempre han acompañado al Getafe de Bordalás: la capacidad de competir incluso cuando el partido se pone cuesta arriba. Abdel Abqar recortó distancias justo antes del descanso y Borja Mayoral, prácticamente a continuación, devolvió la igualdad al marcador. La remontada se completaría en la segunda mitad con Orel Mangala, que firmó el definitivo 2-3. No fue una actuación para presumir ni una noche que despejara todas las dudas, pero sí pudo tener un valor mucho mayor que el de una simple clasificación copera. El Getafe evitó un desastre, reaccionó a tiempo y encontró una victoria que podía servir como primer impulso emocional.
El Sevilla, la prueba que necesitaba el Coliseum
Si la Copa permitió recuperar sensaciones, el encuentro ante el Sevilla suponía una prueba mucho más exigente. El Getafe necesitaba demostrar que lo de Lebrija no había sido un simple espejismo y que podía trasladar esa reacción a LaLiga. Y vaya si lo hizo. El partido comenzó con un golpe para los azulones. Kike Salas adelantó al conjunto hispalense en el minuto 19, obligando nuevamente a los de Bordalás a remar contracorriente. Pero esta vez la respuesta fue diferente. El equipo no se descompuso, no perdió la cabeza y siguió insistiendo hasta encontrar su recompensa.
En el minuto 68, Enes Ünal devolvió las tablas al marcador. Apenas cinco minutos después, Martín Satriano culminó la remontada y desató la alegría en el Coliseum. El Getafe había conseguido darle la vuelta a un encuentro que se había complicado desde muy pronto. Todavía quedaba tiempo para una última celebración. Orel Mangala, en el tiempo añadido, puso el definitivo 3-1 para cerrar una tarde redonda. Tres goles, tres puntos y una victoria que vale mucho más que lo que refleja el resultado.
El ADN de Bordalás vuelve a aparecer
Durante las últimas semanas, una de las grandes preocupaciones alrededor del Getafe había sido la pérdida de identidad. Ese equipo reconocible, incómodo, intenso y difícil de superar parecía haber desaparecido por momentos. Los rivales encontraban demasiadas facilidades y los azulones no conseguían transmitir aquella sensación de fortaleza que durante tanto tiempo había caracterizado al proyecto de Bordalás. Pero ante el Sevilla volvieron a verse algunos de esos ingredientes. Un equipo que sabe sufrir, que no se rinde cuando recibe un golpe y que entiende que cada balón dividido puede marcar la diferencia.
También hay que destacar la importancia de recuperar efectivos y encontrar soluciones desde el banquillo. Jugadores como Ünal, Satriano y Mangala fueron protagonistas en una victoria que demuestra que el Getafe necesita a todos para competir al máximo nivel. El Coliseum también volvió a desempeñar su papel. La conexión entre equipo y afición es fundamental para un conjunto que históricamente ha construido buena parte de su fortaleza desde la intensidad y el compromiso colectivo. Cuando el Getafe consigue enganchar a su gente, se convierte en un rival mucho más complicado.
¿Es el comienzo de algo diferente?
Ahora llega la parte más complicada: darle continuidad. Dos victorias consecutivas pueden cambiar el estado de ánimo de un vestuario, pero no solucionan automáticamente los problemas que han aparecido durante las últimas jornadas. El Getafe todavía tiene mucho trabajo por delante y necesita demostrar que ha recuperado esa regularidad que tanto le ha faltado. La remontada en Copa fue el primer aviso. La victoria ante el Sevilla, una confirmación mucho más importante. Bordalás necesita que su equipo vuelva a competir desde la primera hasta la última acción, que los rivales sepan que enfrentarse al Getafe significa tener que trabajar cada minuto y que el Coliseum vuelva a ser ese escenario donde nadie encuentra facilidades.
Quizá dentro de unas semanas estas dos victorias se recuerden como el momento en el que comenzó la reacción. Quizá simplemente sean dos buenos resultados dentro de una temporada llena de altibajos. Todavía es pronto para sacar conclusiones definitivas. Pero hay algo que sí parece haber cambiado: el Getafe vuelve a transmitir esa sensación de equipo que no se entrega, que pelea hasta el final y que tiene muy claro a qué quiere jugar. Porque el Getafe de Bordalás nunca se ha caracterizado por tenerlo todo fácil, sino por conseguir que nada sea fácil para sus rivales. Y ese ADN, el que parecía haberse perdido, vuelve a asomar por el Coliseum.






