Hay derrotas que duelen y derrotas que enseñan. La del Getafe B en Las Gaunas pertenece a esa categoría incómoda donde el resultado final no refleja del todo la historia que se ha contado sobre el césped. El filial azulón llegó a Logroño con una misión casi quirúrgica: remontar el 0-2 encajado en la ida en la Ciudad Deportiva, un marcador que había dejado la semifinal cuesta arriba, pero no sentenciada. Y durante un buen rato, pareció que el milagro podía empezar a escribirse.
Un arranque que encendió la eliminatoria
El equipo de Manu del Moral salió con una convicción que no admite matices. Intensidad, ritmo, presión alta, valentía. Y el premio llegó pronto: el 0-1, un golpe directo al corazón de la UD Logroñés y un recordatorio de que los playoffs no entienden de favoritismos. Ese tanto no solo recortaba distancias; abría una grieta emocional en la eliminatoria. Por primera vez desde el inicio del cruce, el filial se veía a un gol de igualarlo todo.
Ese instante, ese pequeño terremoto azulón, cambió el ambiente en Las Gaunas. El ruido se apagó. El Logroñés dudó. Y el Getafe B creyó. Creyó de verdad.
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— La Base (@LaBaseGTF) May 16, 2026
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El momento que lo torció todo
Pero los playoffs son territorios donde cada error pesa como una losa. El empate riojano cayó en el peor momento posible, cuando el filial estaba más entero, más metido, más cerca del segundo. Ese 1-1 obligaba a marcar dos goles más. A remar otra vez. A reconstruirse en plena batalla.
Aun así, el Getafe B no se descompuso. Siguió compitiendo, siguió buscando, siguió empujando. Pero el fútbol, a veces, es un juez implacable. El 2-1 cerró la eliminatoria y dibujaron un global de 4-1 que no explica del todo la valentía con la que el filial afrontó el desafío.
Un final amargo… pero lleno de futuro
Quedarse fuera de la final duele. Duele porque este equipo ha crecido a lo largo de la temporada, porque ha construido una identidad reconocible, porque ha demostrado que sabe competir en escenarios de máxima exigencia. Duele porque Manu del Moral ha moldeado un grupo que juega con personalidad, que no se esconde, que entiende el juego y que ha firmado un curso que invita al optimismo.
Pero también deja algo más profundo: la sensación de que este proyecto no se agota aquí. Que muchos de estos jugadores están preparados para dar un salto. Que el filial ha firmado una temporada que no se mide solo por un resultado, sino por una evolución.
Las Gaunas dictó sentencia, sí. Pero no borró nada. No tachó el esfuerzo, no apagó la ilusión, no desmontó el proyecto. Simplemente cerró un capítulo. Y a veces, los capítulos que más duelen son los que más enseñan.






