Palabra de Trump

Cuando una llamada desde la Casa Blanca pretende llegar hasta el reglamento de la FIFA y poner a prueba la independencia del fútbol
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha declarado este lunes que pidió al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que revisara una falta sancionada con tarjeta roja contra el delantero estadounidense Folarin Balogun y que no creía que la falta señalada por el "horrible" árbitro fuera justa.

¿Te imaginas que, en pleno Mundial, el presidente del país anfitrión se entromete en una decisión arbitral? Voy más allá. ¿Te imaginas que el presidente de Estados Unidos reconoce públicamente que pidió a la FIFA revisar una tarjeta roja mostrada a uno de los jugadores de su selección? Hace unos años habría parecido el argumento de una sátira política. En 2026 es simplemente otra noticia más.

Donald Trump ha admitido que llamó personalmente al presidente de la FIFA para pedir que se revisara la tarjeta roja mostrada a Folarin Balogun. Su argumento era que la expulsión había sido injusta. Gianni Infantino asegura que le explicó que el procedimiento disciplinario era completamente independiente y que él no podía intervenir. Curiosamente, poco después, la FIFA suspendió la sanción mediante una aplicación extraordinaria del artículo 27 de su Código Disciplinario. Resultado: Balogun estará disponible para jugar esta madrugada frente a Bélgica. Casualidades de la vida.

Y aquí llega la parte realmente fascinante de la historia. Porque la FIFA insiste en que nadie ha interferido en el procedimiento disciplinario, mientras que el propio Trump presume públicamente de haber solicitado la revisión. Todo muy independiente, sí. Tan independiente que la petición presidencial y el cambio de criterio terminan coincidiendo en el tiempo. Cada cual que saque sus propias conclusiones.

Resulta inevitable pensar en esa expresión tan arraigada tras las lecturas religiosas: «Palabra de Dios». Una verdad absoluta, una autoridad incuestionable. Trump parece sentirse muy cómodo interpretando un papel parecido. Si considera injusta una expulsión, mueve los hilos para intentar corregirla. Y, al menos esta vez, el desenlace parece darle la razón. Porque cuando habla el presidente de Estados Unidos, da la sensación de que hasta los reglamentos encuentran interpretaciones que antes no existían.

Hay otro detalle que tampoco ayuda precisamente a transmitir pasión por este deporte. Trump sigue sin demostrar un especial interés por el fútbol. Ni siquiera ha acudido a los partidos de la selección estadounidense durante el torneo y ha reservado su presencia para la final del 19 de julio, el gran escaparate mediático. Incluso continúa llamando «Johnny» a Gianni Infantino, una anécdota que refleja hasta qué punto el fútbol parece importarle bastante menos que el protagonismo que puede obtener de él.

Lo preocupante ya no es que un presidente crea que puede llamar para revisar una decisión arbitral. Lo preocupante es que, después de esa llamada, el jugador termine estando disponible para disputar el partido más importante del torneo hasta el momento. Bélgica habla de escándalo. La UEFA protesta. Y el aficionado, mientras tanto, tiene todo el derecho a preguntarse si las reglas siguen siendo iguales para todos o si algunas empiezan a depender de quién descuelgue el teléfono.

Esta madrugada Estados Unidos saltará al campo con Balogun sobre el césped. Quizá marque el gol de la clasificación o quizá pase inadvertido. Eso ya forma parte del fútbol. Lo que permanecerá será el precedente. Porque una vez que la política consigue asomarse al reglamento, resulta muy difícil convencer a la gente de que las decisiones siguen siendo exclusivamente deportivas.

Al final, quizá la expresión no era «Palabra de Dios». Quizá el Mundial de 2026 nos ha enseñado otra distinta: Palabra de Trump. Porque basta con que el presidente levante el teléfono para que hasta una tarjeta roja deje de parecer definitiva.

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