Hay algo que el fútbol todavía no ha querido reconocer: cuando un partido llega empatado al minuto 90, solo aumenta la sensación de que estamos aplazando lo inevitable.
Las prórrogas son como esa reunión que podría haber sido un correo electrónico. Todos sabemos cómo acaba la historia. Los jugadores cambian los esprints por los estiramientos. Los porteros perdiendo tiempo. Los entrenadores calculan quién lanzará el quinto penalti. Y los comentaristas repiten que «el miedo a perder pesa más que las ganas de ganar».
Lo más curioso es que muchas veces, después de media hora de sufrimiento colectivo, todo termina donde sabíamos que acabaría desde el principio: en los penaltis. Es como dar tres vueltas a una rotonda para terminar saliendo por la misma salida.
En cuatro de los diez partidos que llevamos de dieciseisavos del Mundial, nadie ha sido capaz de ganar en noventa minutos. Quizá lo más sensato sea aceptar la realidad y pasar directamente a la tanda de penaltis. Así nos ahorraríamos lesiones, agotamiento y esa media hora en la que el balón parece pesar diez kilos.
Las prórrogas tuvieron su época dorada. Sin embargo, el fútbol moderno acumula tantos partidos que añadir otros treinta minutos empieza a parecer un impuesto revolucionario al espectáculo.
Porque, seamos sinceros: si el destino es la lotería de los once metros, no hace falta dar treinta minutos más de rodeo para fingir que todavía no hemos llegado a ella.






